Alegoría
¡Es una mujer bella y de altiva garganta
que deja en el vino arrastrar sus cabellos!
Del antro los venenos, del amor la pezuña
resbalan y se liman en su cuerpo marmóreo.
Se ríe de la Muerte y del Libertinaje,
monstruos cuya mano que desgarra y destruye,
respeta sin embargo en sus terribles juegos
la ruda majestad de ese cuerpo tan firme.
Cual sultana descansa, camina como diosa;
en el placer profesa una fe mahometana.
Y a sus brazos abiertos que sus dos senos colman
atrae con su mirar a los seres humanos.
Cree, y sin duda sabe la virgen infecunda
pero tan necesaria a la marcha del mundo,
que la hermosura del cuerpo es don sublime
que logra por sí solo el perdón de la infamia.
Ignora el Infierno igual que el Purgatorio
y al llegarle la hora de entregarse a la Noche
contemplará serena el rostro de la Muerte,
como un recién nacido -¡sin pesar y sin odio!
26
Te adoro al igual que a la bóveda nocturna,
oh vaso de tristeza, oh gran taciturna,
y tanto más te amo, bella, cuanto tú más me huyes,
y cuanto más me pareces, adorno de mis noches,
aumentar con mayor ironía las leguas
que separan mis brazos de las inmensidades azules.
Me lanzo al ataque, y escalo al asalto
como tras un cadáver un coro de gusanos,
y quiero, ¡oh bestia implacable y cruel!,
¡hasta esa frialdad por la que me resultas más bella
27
¡Meterías al universo entero en tu callejuela, mujer impura! El tedio hace tu alma cruel. Para ejercitar tus dientes en este juego singular te hace falta a diario un ánimo de armero. Tus ojos iluminados al igual que las tiendas y que las luminarias resplandecientes de las fiestas públicas, usan con insolencia un poder ficticio, sin conocer nunca la ley de su belleza.
¡Máquina ciega y sorda, en crueldades fecunda!, provechoso instrumento, bebedor de la sangre del mundo, ¿cómo no te avergüenzas y cómo no has visto palidecer tus atractivos delante de todos los espejos? La grandeza de este mal en el que te crees sabia ¿no te ha hecho nunca retroceder de espanto, cuando la naturaleza, grande en sus designios ocultos, se sirve de ti, oh mujer, oh reina de los pecados, -de ti, vil animal-, para modelar un genio?
¡Oh, enlodada grandeza!, ¡oh, sublime ignominia!